La erosión progresiva de la influencia argelina dentro de las instituciones europeas ya no necesita ser probada. Argel había invertido importantes recursos para promover las tesis separatistas bajo el pretexto de principios como el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos.
Este enfoque, percibido como anticuado, parece cada vez más aislado frente a los responsables de la toma de decisiones europeas que ahora favorecen soluciones realistas y adaptadas a los desafíos regionales. Marruecos, por su parte, ha sido capaz de llevar a cabo una diplomacia proactiva, basada en el pragmatismo y en el fortalecimiento de asociaciones bilaterales, especialmente en los ámbitos político, económico y energético.
“No hay asociación, solo pruebas de compromiso con esta asociación”, dijo el jefe de la diplomacia marroquí Nasser Bourita a finales de noviembre. “Marruecos, hoy, quiere ir más allá de las declaraciones verbales de apoyo. Queremos ver pruebas tangibles y concretas sobre el terreno. “Esto es lo que esperamos en las próximas semanas y meses ”“.” Primera demostración: La disolución tácita del intergrupo “Sáhara Occidental”, según los rumores de los pasillos en Bruselas, constituye un punto de inflexión importante con múltiples implicaciones en un contexto de realineamiento progresivo de las prioridades geopolíticas de la Unión Europea, donde el pragmatismo parece prevalecer ahora sobre posturas ideológicas trilladas. El expediente del Sahara ha sido a menudo instrumentalizado por grupos políticos europeos extremistas, en particular de la izquierda radical, para hacer valer posiciones ampliamente apoyadas por el régimen argelino y su aparato diplomático en declive, y que se basan en una lectura congelada de las relaciones internacionales que no se preocupa por la evolución política, económica y de seguridad de la región.
El viento cambia, ya que la Unión Europea, que se enfrenta a desafíos complejos como la crisis energética, la presión migratoria y la inestabilidad en el Sahel, parece reconocer (por fin) la pertinencia de una asociación seria con Marruecos, un actor central en una región agitada. Esta realineación no está simplemente dictada por intereses bilaterales, sino también por una toma de conciencia (un poco tardía) de que la persistencia de conflictos artificiales, como el del Sahara, perjudica la estabilidad regional y debilita los esfuerzos europeos y sus intereses.
Una victoria Marroquí construida sobre una Diplomacia proactiva
Esta decisión europea ilustra, sobre todo, la eficacia de la diplomacia marroquí, que ha sabido capitalizar las alianzas estratégicas y un fino dominio de los engranajes institucionales de Bruselas. Rabat ha convencido a sus socios para demostrar que el plan de autonomía constituye una solución realista y creíble, en línea con los estándares internacionales en materia de descentralización y respeto de los derechos humanos. Esta capacidad para influir en las decisiones europeas se basa en varias palancas: una cooperación en materia de seguridad ejemplar, en particular en la lucha contra el terrorismo y el control de los flujos migratorios, así como una mayor interconexión económica, como lo demuestra la importancia de los intercambios energéticos con España, Francia y otros Estados miembros. Marruecos ha sabido así convertir su papel de socio fiable en una herramienta de negociación eficaz, anulando los intentos argelinos de intervenir en los debates europeos.
Por otro lado, el fin del intergrupo “Sáhara Occidental” refleja la constante erosión de la posición argelina, que se ha encerrado en una lógica de confrontación con Marruecos pero también con su séquito directo. A pesar de los considerables recursos invertidos para promover la causa separatista, Argel no ha sabido adaptar su discurso a los cambios geopolíticos y lucha por reunir a las capitales europeas cada vez más sobrecargadas por su postura rígida. Esta incapacidad para evolucionar se refleja en la actitud del Frente Polisario, cuyas acusaciones (teledirigidas) contra el Partido Socialista Español reflejan una profunda frustración y un callejón sin salida sin precedentes para la milicia de Tindouf.
Por último, este evento forma parte de una tendencia global de desvinculación hacia el Frente Polisario y sus partidarios, no solo en Europa, sino también en otros continentes. Para la Unión Europea, este reposicionamiento demuestra una clara elección estratégica: reforzar los vínculos con un actor regional capaz de contribuir a la estabilidad en lugar de participar en una corriente política cuyas motivaciones parecen cada vez más anacrónicas.
El abandono del intergrupo, que se oficializará la próxima semana, no debe leerse como una decisión puntual, sino como la expresión de una transformación más profunda de los paradigmas europeos. La prioridad, ahora, se da al realismo geopolítico, que allana el camino para una nueva era de cooperación entre Marruecos y la Unión Europea. Este giro rediseñará los contornos del debate en torno al Sáhara y pondrá de relieve la eficacia de una diplomacia marroquí que prepara otras sorpresas para los separatistas y sus padrinos













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