Marruecos responde a la protesta social juvenil con medidas institucionales que aíslan las voces extremistas

euromagreb24 أكتوبر 2025آخر تحديث :
Marruecos responde a la protesta social juvenil con medidas institucionales que aíslan las voces extremistas

Por. Gustavo de Arístegui, político del Partido Popular y diplomático español,
exparlamentario popular y exembajador de España en la India

En los últimos meses, una ola de protestas etiquetadas bajo la bandera de la “Generación Z” ha sacudido varias regiones del mundo, desde África hasta Asia, América Latina e incluso Europa, aunque con diferentes formatos y pretextos. Surgen en contextos de flagrante desigualdad económica, desempleo juvenil crónico y flagrantes fallos gubernamentales.

No hay duda de que el desempleo juvenil es un poderoso motor de descontento, frustración e incluso desesperación. Este factor, ampliamente documentado por informes como el del Banco Mundial (2024), que estima que las tasas de desempleo juvenil es más del 25% en regiones como el África subsahariana y el sur de Asia, actúa como uno de los principales catalizadores de la efervescencia social.
La chispa de la indignación a menudo es legítima, a veces no lo es en absoluto. En otros casos, las razones aparentemente justificadas son desmesuradamente aumentadas, explotadas por los elementos más radicales de cada sociedad, que ven en las revueltas el caldo de revueltas perfecto para la violencia y el caos.

Marruecos, excepción de un mundo furioso

En Indonesia, fue el aumento del salario de los parlamentarios lo que lo provocó; en Kenia, las leyes fiscales, la corrupción endémica y la oleada emocional durante la repatriación de los restos del ex primer ministro Raila Odinga; en Perú, la destitución de la presidenta Dina Boluarte; en Madagascar, la huida del jefe de Estado tras manifestaciones violentas.

Pero en Marruecos, la tragedia ocurrida en Agadir, donde ocho mujeres embarazadas sometidas a una cesárea perdieron la vida como consecuencia de una negligencia médica en un hospital público, no degeneró en enfrentamientos masivos. Las manifestaciones, inicialmente teñidas de emoción e indignación, conservaron un carácter pacífico y racional a pesar de algunos actos de violencia aislados.
A diferencia de otros países, las voces extremistas que intentaron infiltrarse en el movimiento fueron marginadas. Los organizadores marroquíes, apoyados por amplios segmentos de la sociedad civil y las asociaciones, han logrado canalizar la ira hacia demandas concretas: mejora de la gobernanza hospitalaria, reforma de los procedimientos disciplinarios y responsabilidad administrativa.

El gobierno, impugnado, actuó con cautela. En lugar de recurrir a la represión o descalificación moral de los manifestantes, anunció la apertura de una investigación judicial, la suspensión de los responsables implicados y la creación de una auditoría nacional sobre la gestión de las maternidades públicas. Esta respuesta institucional, aunque todavía considerada insuficiente por algunos, ha impedido la cristalización de una frustración social difusa. Marruecos ha demostrado así que la ira enmarcada por el civismo puede seguir siendo una palanca de reforma sin convertirse en una deflagración política.

El espejo de un mundo fracturado

En otros países, la deriva fue muy diferente. En Nepal, el incendio del Parlamento simbolizó la pérdida de control; en Madagascar, el vacío de poder precipitó la huida del presidente; en varios estados de América Latina, las manifestaciones pro-palestinas se convirtieron en batallas.

En los países desarrollados, se ha producido una desconexión entre las clases políticas y sus sociedades, allanando el camino para el populismo. La incompetencia en la gestión y el deterioro de ciertos servicios públicos esenciales como la salud y la educación, o su ausencia total en las sociedades de los países en desarrollo, han encendido las mechas de bombas extraordinariamente desestabilizadoras.

Un análisis en profundidad revela una cruda realidad, muy distinta del romanticismo de ciertas interpretaciones sesgadas: lo que comienza como peticiones legítimas se transforma, a una velocidad alarmante, en rampas de lanzamiento para el extremismo. Estas manifestaciones fueron sistemáticamente desviadas por revolucionarios violentos lanzados a la conquista de la influencia a través del caos. La desesperación genuina es manipulada por instigadores radicales e incluso elementos criminales, que utilizan una sofisticada red de circuitos clandestinos en Internet para convertir la frustración en guerrilla urbana.

El abismo de la ira y la necesidad de la reforma

El abismo de la desesperación es el caldo de redaña más eficaz. En países como Kenia, donde el desempleo juvenil alcanza el 35% según la OIT (2025), la frustración es una pálvora. Expertos como el economista Jeffrey Sachs concluyen que el desempleo crónico no solo erosiona la confianza en las instituciones, sino que “crea un vacío que los elementos radicales explotan para sus propios fines”. Como señaló el sociólogo Raymond Aron en El opio de los intelectuales, cuando las “religiones seculares” -las ideologías- explotan el descontento económico, la razón democrática es la primera víctima.

El modelo social está seriamente comprometido, tal vez ya agotado. Los gobiernos deben llevar a cabo una reconstrucción profunda -las reformas no son suficientes- para no dejar atrás a una parte creciente de nuestros conciudadanos.

La recuperación política e ideológica

Una vez identificados estos grupos, queda claro que los movimientos de protesta a menudo sirven de instrumentos para fuerzas políticas o ideológicas externas. Los ideólogos radicales explotan las frustraciones legítimas para injertar sus discursos revolucionarios. Este proceso de recuperación es tanto más eficaz cuanto que los jóvenes, privados de una supervisión política y sindical coherente, son vulnerables a la propaganda digital.

Así, las plataformas sociales se convierten en catalizadores de indignación y desinformación. Como señala el informe del Observatorio Digital Global (2025), “los actores políticos más extremistas utilizan las emociones como vector de adhesión, mucho más que las ideas o los programas”. Este mecanismo transforma la ira social en un arma ideológica, sin un proyecto concreto ni un horizonte realista.

La mecánica digital de la ira

Las redes sociales amplifican la percepción de la injusticia y la transforman en una indignación colectiva. Los algoritmos, diseñados para favorecer el contenido conflictivo, estimulan la ira y la adhesión emocional. Un mensaje indignado circula mil veces más rápido que un argumento medido. La opinión se convierte entonces en una sucesión de impulsos, sin retrospectiva ni reflexión.

En un estudio reciente, la Universidad de Oxford observa que “las campañas digitales de desobediencia ya no se basan en estructuras ideológicas, sino en reflejos tribales, donde la pertenencia se define por el rechazo de un enemigo común”. Este cambio psicológico explica la fragilidad de las revueltas contemporáneas: se queman rápidamente, se queman solas y solo dejan atrás brasas políticas estériles.

Las ilusiones de la espontaneidad

La naturaleza espontánea de estas protestas a menudo es un mito cuidadosamente mantenido. Los eslóganes, las imágenes, los hashtags rara vez son fruto del azar. Detrás de la aparente improvisación se esconden células de comunicación, ONG militantes e incluso farmacias extranjeras. Su objetivo: mantener un estado de tensión permanente, donde cada causa efímera alimenta la siguiente.

Según el politólogo francés Alain Frachon, “lo espontáneo se ha convertido en la forma más elaborada de cálculo político”. La calle parece libre, pero obedece a guiones escritos en otro lugar. Los propios protagonistas acaban ignorando que están participando en una historia planificada, diseñada para debilitar las instituciones y saturar el espacio público con emoción cruda.

Los circuitos clandestinos de la insurrección

Las protestas a menudo se orquestan a través de redes clandestinas que la izquierda radical y algunos instigadores violentos utilizan para coordinar sus acciones. Estas redes operan en un ecosistema digital que va desde el semipúblico hasta el clandestino.

Discord, lejos de ser una simple plataforma de juegos, se ha convertido en un verdadero centro de mando. Los organizadores crean servidores privados con canales específicos para la logística, la asistencia legal y la acción directa. Esto permite una organización granular y un relativo anonimato. The Annapurna Express (2025) denunció cómo en Nepal, grupos radicales utilizaron Discord para planear incendios, “destrayendo el movimiento Gen Z”.

Telegram y Signal se utilizan para comunicaciones seguras y la difusión de manuales de guerrilla urbana, memes antipolicía y tácticas de confrontación, como documentó el Washington Post (2025) sobre la instrumentalización de la “rabia digital”.

Por último, los canales de la Dark Web no movilizan a las masas, sino que sirven a los principales instigadores para gestionar la financiación opaca, distribuir guías avanzadas de sabotaje y reclutar núcleos duros. El CSIS (2020) advierte que estos espacios se utilizan “para escapar de la vigilancia y planificar la violencia que sus manifestantes  ‘carne de cañón’ ejecutarán posteriormente”.

La tragedia de la indignación manipulada

Las protestas de la “Generación Z”, aunque arraigadas en quejas reales e innegables, siguen un patrón inquietante.
La legitimidad de su indignación contra la corrupción y la incompetencia es desviada por la izquierda radical y los elementos criminales, que utilizan redes clandestinas para fomentar el caos.

La glorificación de estos movimientos como puramente “antifascistas” es particularmente peligrosa, cuando en realidad se trata de intentos revolucionarios que instrumentalizan la desesperación juvenil. Como concluye el historiador británico Sir Niall Ferguson (2025), “ignorar esta realidad y centrarse únicamente en la ‘nobleza’ de las causas iniciales solo perpetúa los ciclos de inestabilidad”.

La urgencia es doble: abordar las causas profundas del descontento social y juvenil, sin ceder un centímetro de terreno al extremismo violento que los parasita.

El modelo social está seriamente comprometido y requiere una reconstrucción en profundidad.
Los gobiernos deben distinguir el grano de la paja: la inclusión de los jóvenes desesperados pero pacíficos, y una acción policial dirigida contra quienes instrumentalizan la violencia.

En este contexto, Marruecos sigue siendo un ejemplo raro e instructivo: incluso ante un drama humano en Agadir, los manifestantes rechazaron las voces extremistas, transformando su ira en reivindicaciones constructivas.
La combinación de una respuesta institucional mesurada y una movilización ciudadana organizada ha permitido canalizar la indignación sin caer en el caos.

Como señala Ferguson, “la única forma de romper el ciclo es actuar sobre las causas profundas mientras se neutraliza a quienes explotan la desesperación”. Esta lección se impone a todos los Estados que se enfrentan a la furia de la juventud contemporánea.

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