Por Abdelhakim Yamani
¿Qué es más revelador de la humanidad de un régimen que su forma de tratar a los muertos?
En esta línea, el poder argelino acaba de cruzar una nueva línea roja en la abyección. Durante más de cuatro meses, ha encauestrado en una morgue de Orán los restos de Abdellatif Akhrif, un joven futbolista marroquí víctima de un naufragio. Una primicia en la historia moderna de las relaciones internacionales.
Incluso en las horas más oscuras de las guerras más sangrientas, los beligerantes siempre han respetado este principio sagrado: no se retienen los cuerpos de las víctimas civiles. Las convenciones de Ginebra, la tradición musulmana, la ética más básica lo exigen.
Pero en Argel, el odio a Marruecos ha suplantado durante mucho tiempo toda consideración moral.
Los hechos son abrumadores.
El 8 de agosto de 2024, el cuerpo de Akhrif fue descubierto en las costas argelinas. Las muestras de ADN se transmiten seis días después. Luego, el régimen orquesta un silencio calculado de 107 días.
Ciento siete días de tortura psicológica infligida deliberadamente a una familia afligida. El 28 de noviembre, finalmente se confirma la identidad, acompañada de un informe forense deliberadamente incompleto. Una estrategia macabra para prolongar el calvario.
¿Qué decir de un poder que transforma sus morgues en instrumentos diplomáticos?
¿Quién hace del cuerpo de un joven deportista de 24 años rehén de sus obsesiones políticas?
La deriva del régimen argelino ya no es simplemente política, es patológica. Su antimarroquíes visceral lo ha llevado a una dimensión en la que incluso los muertos se convierten en peones en el tablero de savindicte.
La paradoja es sorprendente. Este mismo régimen, que se jargarea de valores islámicos y humanistas, pisotea descaradamente los principios más sagrados del Islam sobre el respeto debido a los muertos. Esta hipocresía ya no es solo política, es moral. Revela la profundidad del abismo donde se ha dañado la diplomacia argelina.
¿Dónde están las organizaciones internacionales?
Su silencio ensordecedor ante esta práctica medieval los convierte en cómplices. ¿Dónde están los autoproclamados defensores de los derechos humanos?
Su indiferencia ante esta tortura psicológica infligida a una familia en duelo los descalifica.
Porque se trata de una tortura. Cada día que pasa es una nueva herida para los familiares de Akhrif. Privados del derecho a llorar, a practicar los ritos funerarios, a despedirse de su hijo, su hermano, su amigo. El régimen argelino no se limita a violar el derecho internacional, sino que hiere a la humanidad en lo más íntimo que tiene.
Esta macabra instrumentalización no es un acto aislado. Forma parte de una estrategia sistemática de deshumanización. El mensaje es claro: el odio a Marruecos prevalece sobre todo, incluso sobre el respeto a los muertos. Una política que dice mucho sobre la deriva moral de un régimen en apuros.
La historia recordará que en 2024, en tiempos de paz, un Estado retuvo durante meses el cuerpo de un joven deportista naufragado. Recordará que un régimen ha transformado una tragedia personal en un arma diplomática. Recordará que el poder argelino ha preferido la necropolítica a la humanidad más elemental.
Es hora de que la comunidad internacional salga de su letargo cómplice. La restitución del cuerpo de Abdellatif Akhrif no es negociable. Es imperativa. Porque más allá del caso personal de un joven futbolista, está en juego la dignidad humana. Y ante esta ignominia, el silencio ya no es una opción, es una complicidad













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