En un texto denso e incisivo publicado por el Cegntro de Políticas para el Nuevo Sur, Ferid Belhaj, ex vicepresidente del Banco Mundial, pide a los Estados africanos que reconsideren radicalmente su postura en el sistema internacional, ahora fragmentado y brutalmente realista. Según él, el continente ya no es un espectador periférico, sino una matriz de relaciones de poder a condición de saber usarlas: “El llamado ‘siglo africano’ no será concedido; debe ser forjado por la estrategia, la disciplina y la voluntad de dar forma a los resultados mundiales en lugar de ser su objeto”.
África pasa del margen a la palanca
El texto, titulado “Africa’s Power Pivot: Strategic Ascent in a Fractured World” (PB-34/25), vuelve a la infame etiqueta de “continente desesperado” junto con África por The Economist en 2000. Esta representación no era, escribe el Sr. Belhaj, una simple provocación, sino un postulado estructurante: “África era percibida como un espacio a gestionar, no a consultar; una geografía de debilidad, no de agencia”.
Dos décadas después, el tablero de ajedrez se ha movido: “Este marco está siendo desmantelado, no por un despertar moral, sino por necesidad estratégica”. Las potencias ya no ignoran a África: la codician. Sus yacimientos minerales críticos, sus plataformas digitales, sus cuencas demográficas y sus frentes climáticos lo han hecho ineludible, pero aún no decisivo. “La presencia no es poder. África debe transformar su visibilidad en una palanca de negociación”, advierte el Sr. Belhaj.
Este cambio, basado en la rivalidad, el riesgo y la negociación, requiere una reevaluación lúcida: “África ya no es un enigma. Es un campo de batalla de intereses, un reservorio de palancas y, cada vez más, un lugar de decisiones autónomas”.
Demografía poderosa, instituciones ausentes
África será, en 2050, la tierra de una cuarta parte de la humanidad. Tendrá la población más joven del mundo, en un mundo envejecido. Sin embargo, este poder latente permanece inexpresado. En la escena comercial, el continente representa menos del 3% del comercio internacional, y sus exportaciones se limitan a las materias primas. Su peso en el FMI no alcanza el 7% de los votos, a pesar de que agrupa el 17% de la población mundial.
Esta disyunción entre cuerpo y voz es estructural: “Las instituciones de Bretton Woods nunca fueron diseñadas para reflejar la realidad demográfica, fueron diseñadas para congelar el orden de 1945”. El Consejo de Seguridad de la ONU permanece cerrado a las sedes permanentes africanas, a pesar del consenso de Ezulwini de 2005, que exigió dos escaños con derecho de veto. Incluso la entrada de la Unión Africana (UA) en el G20, en 2023, se considera simbólica: “La medida no le costó nada al G7 y ofreció a África un asiento sin presupuesto”.
El Sr. Belhaj denuncia la brecha entre presencia y poder: “La inclusión simbólica ha sustituido a la reforma sustancial”. Las negociaciones sobre el clima son ejemplares de esta marginación: “África emite menos del 4% de los gases de efecto invernadero, pero soporta sequías, inundaciones, subidas de aguas… Los dispositivos de ayuda siguen diseñados para preservar la discreción de los donantes, no las necesidades de los países receptores”.
Ante este bloqueo, África está construyendo, lenta pero seguramente, sus propios andamios institucionales: la ZLEC, los CER (CEDEAO, EAC, SADC), la Agencia Africana de Medicamentos, la Alianza Smart Africa, el Foro Africano de Administraciones Fiscales (ATAF), etc. El autor es indeo: “África no pide inclusión. Erige los pilares de su relevancia autónoma”.
El regreso de Donald Trump precipita la ruptura del equilibrio
La elección del Sr. Trump al frente de los Estados Unidos en enero de 2025 no es, según el autor, una anomalía. Por el contrario, revela un mundo que ha vuelto a su gramática original: la fuerza. Bajo los auspicios del secretario del Tesoro Scott Bessent, las instituciones financieras internacionales se convierten en instrumentos de alineación geopolítica. La “Doctrina Bessent” plantea que el FMI y el Banco Mundial son ahora “palancas de coerción estratégica, no árbitros técnicos”.
A cambio de la financiación, los Estados africanos ahora deben ceder su apoyo diplomático: “Votar con los Estados Unidos en las Naciones Unidas, evitar las infraestructuras chinas de 5G, renunciar a la cooperación monetaria con Pekín o Moscú, favorecer las normas estadounidenses en ciberseguridad e inteligencia artificial”. Todo a cambio de derechos de giro del FMI, garantías de inversión o apoyo presupuestario. El Sr. Belhaj dice: “No es multilateralismo, es una dependencia gestionada”.
China, Rusia y las monarquías del Golfo también han perfeccionado sus propias modalidades de condicionalidad. Los contratos de infraestructura chinos, las entregas de armas rusas, las inversiones estratégicas de los países del Golfo nunca son neutrales. El Sr. Belhaj advierte: “El dilema no es moral, es estratégico. ¿Debería monetizarse una parte de la soberanía a cambio de un aplazamiento presupuestario? ¿Elegir un bando a riesgo de perder el otro? ¿O permanecer ambiguo para extraer lo mejor de ambos?
La respuesta que propone se basa en cuatro pilares: ambigüedad estratégica, negociación por área, agrupación regional y dominio de la narrativa. “África debe hacer de su flexibilidad un elemento disuasorio. No debe suplicar, sino evaluar. No debe indignarse, sino calcular”.
Recursos, geografía, datos: las nuevas fronteras del poder
África posee entre el 30% y el 50% de las reservas mundiales de los llamados metales de “transición”: cobalto, litio, tierras raras. La RDC proporciona el 70% del cobalto mundial. Las potencias compiten ahora por estas riquezas con una fiebre sin precedentes. El Sr. Belhaj señala: “La nueva prisa no es para las colonias, es para las concesiones, las normas, los corredores logísticos”. El control ya no pasa solo por la mina, sino por las fábricas, las cadenas de trazabilidad, los puertos, las normas ESG. El poder se ha movido del suelo a la norma.
Existe un gran riesgo de que esta visibilidad se convierta en una trampa. “Cuanto más indispensable es África, más expuesta se vuelve a la interferencia, a la fragmentación, al encadenamiento contractual”. Para evitar este escollo, se sugieren tres ejes: condicionar la minería a las transferencias de tecnología (como hace Zimbabue con la exportación de litio crudo), imponer regímenes de soberanía digital sobre los datos y negociar colectivamente con potencias externas.
El Sr. Belhaj elogia los casos de Marruecos (energías verdes), Nigeria (fintech), Ruanda (identidad digital) o Kenia (infraestructuras de IA) como gérmenes de un poder futuro. Pero advierte: “La intención no hace la capacidad”.
El verdadero reto, concluye, es la conversión de los recursos en margen de maniobra. Aboga por “una diplomacia contractual soberana, una arquitectura financiera libre de las agencias de calificación occidentales y líneas rojas continentales sobre temas estratégicos”.
África ya no debe describirse, debe describirse. Ya no sufre, sino actúa. Ya no invitada, sino invitada.
“El siglo africano no es una profecía. Es un proyecto soberano”, se aseguró












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