Era uno de esos hombres cuya influencia se ejerce con discreción, en el temo entrelazado de las relaciones diplomáticas. Mohamed Benaïssa, ex ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos (1999-2007), murió a la edad de 87 años. Hombre de letras convertido en diplomático, embajador en Washington antes de ser uno de los artífices de la política exterior del rey Mohammed VI, fue un interlocutor respetado de Europa y el mundo árabe, pero también un convensor incansable entre Marruecos y España.
Su desaparición pone fin a un viaje excepcional, marcado por una concepción exigente y refinada de la diplomacia, donde la palabra contaba tanto como el gesto. “Mohamed Benaïssa encarnaba una diplomacia de la medida y la escucha, lejos de las chispas, anclada en la paciencia de las construcciones sostenibles”, subraya Ana Palacio, ex ministra de Asuntos Exteriores de España (2002-2004), en una tribuna publicada por El Mundo.
Un maestro del diálogo hispano-marroquí
Nacido en 1937 en Assilah (norte de Marruecos), Mohamed Benaïssa creció en un Marruecos cambiante, en la intersección de las herencias y las aspiraciones de independencia. Después de estudiar en los Estados Unidos, comenzó una carrera como periodista, antes de entrar en la alta administración marroquí. Su nombramiento como embajador de Marruecos en Washington en 1993 marcó el comienzo de una trayectoria diplomática de primer nivel.
En 1999, cuando el soberano chérifien ascendió al trono, fue llamado a dirigir el Ministerio de Asuntos Exteriores. Durante ocho años, está a la vanguardia de las tensiones y reajustes que marcan el ritmo de la relación entre Rabat y Madrid. “A diferencia de Francia, los españoles se llevaban bien con nosotros aquí”, confesó, resumiendo en pocas palabras la profundidad del vínculo que une a las dos naciones.
Su paso por el ministerio estará marcado por crisis, pero también por avances significativos. Durante el caso del islote Persil en 2002, que enfrentó a los dos reinos, desempeñó un papel esencial para evitar la escalada, favoreciendo los intercambios silenciados a la invectiva. “Sabía que la relación entre Marruecos y España no era una sucesión de fríos y calentamientos, sino un equilibrio cambiante, que había que mantener constantemente”, recuerda Ana Palacio.
Interlocutor de los gobiernos españoles de José María Aznar y de José Luis Zapatero, supo preservar la continuidad a pesar de los cambios de rumbo político, convencido de que la proximidad entre los dos países requería una constancia infalible.
Una diplomacia de cultura y refinamiento
Pero el hombre no se limitaba a las esferas acotidas del poder. También estaba profundamente apegado a la cultura, convencido de que la influencia de un país pasaba por su influencia intelectual y artística. Alcalde de Assilah durante más de tres décadas, convirtió a esta ciudad costera en una encrucijada cultural, creando un festival internacional que se convirtió en una referencia.
Nasser Bourita, ministro de Asuntos Exteriores, saluda la memoria de “un constructor de puentes entre culturas, un servidor del Estado para quien la diplomacia era un arte de la paciencia y la delicadeza”, en una declaración citada por El Mundo.
Su legado, entre lo político y lo cultural, entre la discreción y la eficacia, sigue siendo el de un hombre para quien la diplomacia era un ejercicio de inteligencia y respeto mutuo. Con su desaparición, Marruecos pierde a uno de sus más sutiles artífices de las relaciones internacionales, y España, un amigo exigente, pero siempre leal













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