El apodo “Bourgaa”, o “Don Trapo “ que los marroquíes usaban para referirse a los españoles a principios del siglo XX, no era un simple comentario pasajero. Era una descripción popular que reflejaba la realidad social vivida en la región durante los primeros años del protectorado español sobre el norte de Marruecos, que comenzó en 1912.
Según los relatos de varias personas mayores que vivieron esa época, miles de españoles empobrecidos llegaron en masa a las ciudades y pueblos del norte de Marruecos en busca de trabajo y sustento, huyendo de la pobreza y las crisis que asolaban España.
Muchos vestían ropas viejas y desgastadas, llenas de remiendos, razón por la cual los marroquíes los llamaban “Bourgaa”, que significa “el remendado”.
Esto no se limita a relatos orales. La correspondencia histórica de Haj Abdel Salam Bennouna, una figura destacada del movimiento nacional marroquí, junto con documentos del gobierno del Califato, indica la existencia de comunicaciones oficiales dirigidas al gobierno de Madrid.
Estas comunicaciones alertaron al gobierno sobre la creciente migración de españoles empobrecidos a la región del Califato y los consiguientes problemas socioeconómicos, instándolo a tomar medidas para frenar este fenómeno.
Este aspecto de la historia confirma que la migración no siempre fue unidireccional.
Hace más de un siglo, la propia España era un país del que miles de personas emigraban en busca de sustento, mientras que el norte de Marruecos era destino de muchos de ellos.
Recordar estos hechos no pretende ser motivo de orgullo ni de menospreciar a nadie. Los marroquíes se han caracterizado a lo largo de su historia por sus valores de hospitalidad y respeto.
Más bien, es un recordatorio de que la historia está llena de transformaciones y que las circunstancias de las naciones y los pueblos cambian con el tiempo.
Hoy, el panorama ha cambiado drásticamente. Tras la adhesión de España a la Unión Europea en 1986 y los beneficios obtenidos con las inversiones y las reformas económicas, se convirtió en una de las mayores economías de Europa y en destino de millones de inmigrantes y personas en busca de empleo, después de haber sido fuente de emigración y pobreza décadas antes.
Así pues, la historia demuestra que la suerte de las naciones no es estática y que el desarrollo y el trabajo duro pueden cambiar el destino de los pueblos












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