Por eso, ya es hora de que alguna voz sensata en España empiece a alzarse y diga basta a la instrumentalización del asalto a Ceuta y al desprestigio y la demonización sistemáticos de Marruecos como bazas electorales para captar votos o como instrumentos mediáticos para incrementar audiencias.
Cada palabra que se pronuncia tiene su peso y, cuando no se miden bien las palabras, las consecuencias pueden ser desastrosas.
Esta escalada discursiva que estamos presenciando en España, con referencias constantes a los «invasores», a una supuesta «guerra híbrida» y a un Marruecos «desleal», resulta profundamente preocupante.
Quienes adoptan alegremente este discurso están hipotecando el futuro. España y Marruecos seguirán siendo vecinos, independientemente de quién gobierne en Madrid o en Rabat, y entre dos países vecinos siempre habrá crisis, desacuerdos, errores y momentos de tensión.
La sabiduría política no consiste en pretender que esas desavenencias nunca existirán, sino en saber gestionarlas, superarlas y limitar su impacto para evitar que contaminen el conjunto de una relación mucho más amplia y estratégica
Convertir cada crisis en una prueba de hostilidad permanente y cada desacuerdo en una amenaza existencial puede proporcionar titulares, votos o minutos de televisión, pero también puede acabar destruyendo durante años la confianza que tanto cuesta construir entre dos países condenados por la geografía, la historia y sus intereses comunes a entenderse













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