Durante más de una década, Marruecos ha buscado ser un modelo de gestión migratoria en el norte de África. Mediante una ambiciosa diplomacia Sur-Sur, el Reino ha abierto sus fronteras, regularizado a decenas de miles de migrantes subsaharianos y presentado al mundo una política “humanitaria y solidaria”. Sin embargo, a medida que aumenta la tensión en las calles de varias grandes ciudades, esta postura se desmorona, revelando los límites de un modelo basado más en principios simbólicos que en medidas operativas.
Hoy en día, la situación es crítica en varias regiones del país: Casablanca, Kenitra, Rabat, Uchda, pero también en Agadir, Inezgane, Tikiouine, Dajla y muchas otras localidades del sur. Los informes se multiplican: asaltos a mano armada, robos a plena luz del día, robos violentos, enfrentamientos callejeros entre residentes marroquíes y grupos organizados de migrantes irregulares. La violencia, a menudo filmada y compartida en redes sociales, alimenta un sentimiento generalizado de inseguridad.
Los ciudadanos marroquíes, a veces gravemente heridos, se sienten abandonados. Los comerciantes denuncian los repetidos ataques. Las familias se niegan a dejar salir solos a sus hijos. El miedo se extiende a los barrios obreros. Esporádicamente estallan manifestaciones de indignación. Muchos exigen ahora la intervención directa de Su Majestad el Rey Mohammed VI. La sociedad civil, desbordada, lucha por encontrar una respuesta. Las propias fuerzas del orden parecen desbordadas.
Una política pionera pero con financiación insuficiente
Los orígenes de esta situación se remontan a septiembre de 2013. Fue en esa fecha que el rey Mohammed VI anunció una nueva política migratoria integral, humanista y responsable. En aquel momento, Marruecos se opuso a la brutalidad de las medidas europeas de control migratorio y buscó ofrecer una alternativa más humana. Se organizaron dos importantes oleadas de regularización en 2014 y 2017. Aproximadamente 50.000 migrantes subsaharianos obtuvieron permisos de residencia temporales.
La iniciativa fue bien recibida por la comunidad internacional. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la Unión Africana y varias ONG internacionales citaron a Marruecos como ejemplo en África. Sin embargo, este reconocimiento tuvo un coste: el país se convirtió en una zona de amortiguación entre el África subsahariana y Europa, a petición implícita de Bruselas.
Sin embargo, Marruecos no cuenta con un modelo social redistributivo al estilo europeo ni con una red de asociaciones capaz de apoyar la integración masiva. No se han implementado estrategias a gran escala de alojamiento, empleo, aprendizaje de idiomas o integración cultural. La política migratoria marroquí se ha mantenido esencialmente declarativa y legal, sin un impacto social real.
Un contexto internacional con consecuencias de gran alcance
Desde el cierre de las rutas migratorias hacia Europa (Libia, Mediterráneo Oriental), Marruecos se ha convertido en un destino final de facto para miles de migrantes. Esto no estaba previsto en el acuerdo inicial. En Tánger, Nador, Casablanca, Agadir y El Aaiún, los flujos se han vuelto permanentes. Muchos migrantes subsaharianos, atrapados por redes mafiosas, abandonados por traficantes o por las políticas europeas, permanecen varados en el país sin estatus, sin recursos ni futuro.
Algunos terminan cayendo en la marginación o incluso en la violencia. Otros, víctimas del racismo o la pobreza, se refugian en comunidades cerradas y difíciles de gestionar. A esto se suma el aumento de las tensiones étnicas, a veces alimentadas por redes informales, incluso criminales, que organizan el tráfico de drogas, seres humanos y contrabando. En este contexto, Marruecos se encuentra gestionando en solitario un complejo problema migratorio, sin suficiente apoyo europeo ni asistencia estructural.
El peso del simbolismo y la realidad sobre el terreno
La nominación de Marruecos como Presidente del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en 2024 se interpretó como un reconocimiento diplomático. Sin embargo, esta nominación también conlleva responsabilidades: el Reino debe demostrar su capacidad para conciliar los derechos humanos y el orden público. Sin embargo, sobre el terreno, este doble equilibrio parece cada vez más inestable.
Las autoridades marroquíes realizan regularmente operaciones para desmantelar campamentos informales, ejecutar expulsiones administrativas y detener a migrantes involucrados en delitos. Sin embargo, estas intervenciones, a menudo puntuales, resultan ineficaces a largo plazo. Además, exponen a Marruecos a las críticas de las ONG internacionales, que denuncian el riesgo de estigmatización colectiva.
Las organizaciones de derechos humanos enfatizan la necesidad de distinguir los actos individuales de la situación general de los migrantes. Piden una respuesta segura y unida, que preserve la dignidad de las personas y proteja a la población local.
Un punto de inflexión histórico necesario
El estancamiento actual no es cíclico, sino estructural. Marruecos ya no puede seguir aplicando una política migratoria continental en solitario sin los recursos adecuados. La Unión Europea, a menudo propensa a externalizar sus fronteras hacia el Sur, debe asumir su parte de responsabilidad. Una política de codesarrollo seria, un apoyo presupuestario sustancial y una estrategia de cogestión regional son ahora esenciales.
En el ámbito nacional, el Estado marroquí debe revisar urgentemente su estrategia. Esto no significa abandonar los principios humanitarios, sino proporcionarles los medios para alcanzar sus ambiciones. Esto requiere la creación de centros de acogida, centros de orientación y programas de integración, así como leyes claras, controles efectivos y respuestas firmes a la violencia.
La estabilidad, el tejido social y la cohesión nacional de Marruecos se encuentran actualmente a prueba. El país ya no puede permitirse gestionar la crisis migratoria desde la marginalidad o desde la negación. Es hora de abrir un auténtico debate nacional, que involucre a los cargos electos, la sociedad civil, las autoridades locales, la diplomacia y la ciudadanía.
Marruecos, por su ubicación geográfica e historia, es una encrucijada entre África y Europa. Aún puede volver a ser un modelo, pero solo si sus ambiciones se basan en la realidad de sus capacidades. La paz social, la seguridad ciudadana y el respeto a los derechos de los migrantes no son incompatibles. Pero requieren valentía política, visión de futuro y movilización colectiva












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