*Las tensiones geoestratégicas entre Marruecos, Argelia, Francia y España giran en torno al control de la influencia regional, las fronteras heredadas del periodo colonial y la carrera por consolidar posiciones económicas y energéticas antes de cualquier confrontación abierta.*

euromagrebمنذ 15 دقيقةآخر تحديث :
*Las tensiones geoestratégicas entre Marruecos, Argelia, Francia y España giran en torno al control de la influencia regional, las fronteras heredadas del periodo colonial y la carrera por consolidar posiciones económicas y energéticas antes de cualquier confrontación abierta.*

 

La división de roles, la guerra de narrativas y la carrera de Marruecos por su lugar en el nuevo orden internacional.

En política, no siempre gana quien conquista el terreno. A veces, quien gana tiempo es quien prevalece, y quien logra retrasar a su oponente diez años más obtiene una ventaja estratégica, aunque no recupere ni un centímetro de territorio. Por lo tanto, propongo una interpretación diferente de las recientes tensiones entre Marruecos, España y Argelia. No las veo como incidentes aislados, ni como una crisis migratoria aislada, ni como declaraciones diplomáticas pasajeras. Las veo como episodios de una lucha más amplia: ¿Quién tiene derecho a determinar cuándo Marruecos se transforma de un Estado preocupado por completar su integridad territorial en una potencia regional capaz de renegociar su posición y esfera de influencia?

Para comprender este conflicto, debemos ir más allá de una interpretación legalista estrecha, sin negar su importancia.
El derecho internacional tiene sus normas, las fronteras sus acuerdos y las disputas sus procedimientos. Pero los Estados no actúan únicamente en base al derecho. Actúan en función de la historia, la geografía, la economía y el equilibrio de poder. Desde esta perspectiva, el Sáhara Occidental, Ceuta, Melilla y la frontera oriental con Argelia, a pesar de sus diferentes estatus jurídicos e históricos, se enmarcan dentro del contexto estratégico marroquí más amplio en materia de integridad territorial, soberanía y libertad de acción.

No pretendo afirmar que estas cuestiones sean jurídicamente idénticas, ni que las reivindicaciones históricas se conviertan automáticamente en derechos internacionales exigibles. Lo que afirmo es que el error analítico reside en estudiar cada cuestión como si no tuviera relación con las demás. Un Estado que destina una parte significativa de sus recursos a un conflicto prolongado no posee la misma influencia política, financiera y diplomática que tendría si se retirara de dicho conflicto.

Y aquí reside la clave del argumento: una solución política al conflicto del Sáhara, según la visión marroquí, no será simplemente una victoria diplomática. Será la liberación de una parte significativa de los recursos estratégicos del Estado.

Marruecos, al no verse obligado a defender constantemente la misma cuestión en foros internacionales, podrá destinar más recursos y atención a la industria, los puertos, la energía, la infraestructura y la expansión de su comercio con África. Fortalecerá su posición en la costa atlántica y mejorará su capacidad de inversión en su potencial marítimo y logístico, dentro de los límites permitidos por el derecho y los acuerdos internacionales. Esto no se debe a que el conflicto por sí solo obstaculice el desarrollo, ni a que su resolución solucione todos los problemas, sino a que todo conflicto prolongado consume recursos económicos, tiempo y atención política de un Estado.

Sin embargo, este conflicto no surgió de la nada, y no podemos comprender a sus protagonistas sin examinar el legado del colonialismo francés y español.
Francia y España no fueron simplemente dos potencias que pasaron por la historia de Marruecos y luego se retiraron. El colonialismo dejó tras de sí fronteras, intereses económicos, redes de influencia y desequilibrios de poder cuyos efectos aún se sienten hoy. Esto no requiere un extenso análisis histórico; lo que nos interesa es cómo los antiguos intereses pueden persistir bajo nuevas formas, incluso después de que la retórica oficial haya cambiado y las relaciones hayan progresado bajo los estandartes de la asociación, la amistad y la cooperación. Aquí propongo la hipótesis de una división de roles. Francia se presenta a menudo como un socio estratégico, intentando mantener su posición de mediador o aliado que comprende los intereses marroquíes. España opera con cálculos distintos, influenciada por la geografía, Ceuta y Melilla, el mar, la migración y la competencia económica. En cuanto a Argelia, su régimen gobernante mantiene una hostilidad directa y declarada con Marruecos y soporta la peor parte de la confrontación política por el Sáhara. En mi opinión, esta división podría servir objetivamente a los intereses de los partidos europeos que se benefician de la continua preocupación de Marruecos por su frente oriental, incluso cuando no hay pruebas de que influyan directamente en las decisiones argelinas.

Aquí surge la dinámica del caballo de Troya: Argelia, en este escenario, se convierte en el frente de confrontación en una lucha más amplia por el poder y la influencia en la región. Francia y España mantienen sus propios canales e intereses con Marruecos, mientras que el régimen argelino soporta la peor parte de la confrontación abierta y más intensa. Pero seamos precisos: este es un análisis de la convergencia de intereses y resultados políticos, no una prueba de que Argelia sea simplemente una marioneta de París o Madrid, ni de que cada movimiento argelino esté dictado por ellos. Argelia también tiene sus propios cálculos, instituciones y su propia historia independiente de rivalidad con Marruecos. La fuerza de una hipótesis reside en su explicación de los acontecimientos, no en convertirla en una certeza infundada.

Sin embargo, el resultado estratégico merece atención. Cuando Marruecos se mantiene constantemente preocupado por la tensión en su frontera oriental, la rivalidad argelina y la presión relacionada con el Sáhara, incurre en costos adicionales en sus actividades económicas y diplomáticas. Y quien se beneficia de este desgaste no es necesariamente quien declara la hostilidad.
En geopolítica, hay quienes pagan el precio, quienes cosechan los beneficios y quienes observan la competencia entre los dos rivales mientras preservan su propia influencia.

En este sentido, debemos reconocer el mérito de la diplomacia marroquí. Quienes solo ven las declaraciones recientes o los cambios en las posturas de algunas capitales podrían pasar por alto la importante acumulación de esfuerzos que los precedieron. Durante décadas, Marruecos ha enfrentado la abierta hostilidad de Argelia, sensibilidades con España arraigadas en la historia y la geografía, fluctuaciones en la posición francesa y complejidades europeas e internacionales.
A pesar de ello, ha logrado forjar alianzas, ampliar el reconocimiento de su propuesta de autonomía y fortalecer su presencia económica y de seguridad en la región.

En este sentido, es justo elogiar la diplomacia marroquí por su capacidad de perseverar y maniobrar en un entorno complejo y desigual. Esto no se debe a que todas sus decisiones fueran correctas, ni a que todos sus objetivos se hayan alcanzado, sino a que apreciar un logro requiere, en primer lugar, reconocer la magnitud de la resistencia que enfrentó.
Es fácil responsabilizar a un país por lo que no ha logrado si ignoramos deliberadamente la magnitud de las presiones que se vio obligado a afrontar.

Sin embargo, el éxito diplomático no significa que el problema esté definitivamente resuelto. Hay una diferencia entre la brecha y entre el creciente apoyo internacional a la propuesta marroquí y una solución final, reconocida internacionalmente y viable, es precisamente el escenario en el que se libra la batalla actual.

Marruecos no solo compite contra sus adversarios, sino también contra el tiempo. La historia no concede oportunidades estratégicas indefinidamente. Hoy, Estados Unidos apoya la soberanía marroquí sobre el Sáhara, varios socios europeos han cambiado su postura hacia el compromiso con la propuesta de autonomía, y las grandes potencias compiten por puertos, energía, rutas comerciales y estabilidad regional.
Sin embargo, China tiene sus propios cálculos, Europa no es un bloque político monolítico en todos los asuntos y las posiciones de sus Estados miembros no son idénticas. No obstante, el panorama general presenta a Marruecos una importante oportunidad política.

Mañana, sin embargo, la administración estadounidense podría cambiar, los gobiernos europeos podrían ser reemplazados, podría estallar una nueva guerra o podría producirse una crisis económica o de seguridad, lo que reconfiguraría las alianzas y relegaría la cuestión del Sáhara a un segundo plano durante años. Esto es lo que confiere al tiempo su importancia geopolítica. No necesariamente los adversarios de Marruecos son capaces de alterar definitivamente el equilibrio de poder en este asunto. A veces, impedir un resultado decisivo hoy les basta, ya que apuestan a que las circunstancias de mañana no serán tan favorables.

La demora no es un vacío entre dos eventos; la demora en sí misma puede ser una estrategia. Un año más de negociaciones, luego otro año de discusiones, luego una nueva crisis internacional, y luego volver al punto de partida. Así, la batalla puede ganarse sin cambiar el resultado, simplemente impidiendo que este se convierta en una realidad política estable.

Esto nos ayuda a comprender por qué prolongar el conflicto podría ser beneficioso para algunos rivales de Marruecos. Argelia tiene una posición declarada e inquebrantable de apoyo al Frente Polisario, España tiene sus propios intereses y sensibilidades en el Mediterráneo occidental, y Francia y la Unión Europea tienen sus propios cálculos.
Los intereses pueden converger en ocasiones y chocar en otras. Esta convergencia no es necesariamente una conspiración coordinada; A veces, basta con que cada parte tenga un interés independiente en evitar un cambio drástico en el equilibrio de poder.

En mi opinión, esta es la perspectiva desde la que debemos analizar la reciente confluencia de acontecimientos: la visita del rey de España a Ceuta y Melilla, el debate en torno al discurso real marroquí y su relación con los socios europeos, y la versión argelina sobre la detención de decenas de marroquíes por graves cargos de seguridad, todo ello en un contexto vinculado a las discusiones internacionales sobre el Sáhara.

No tengo pruebas para concluir de forma definitiva que Madrid y Argel coordinaran estos acontecimientos. Sin embargo, también sería un error tratar esta confluencia como si careciera intrínsecamente de significado político. El análisis estratégico no se limita a preguntar quién contactó con quién; también se pregunta quién se beneficia de la continuidad del statu quo, quién teme su cambio y cómo estos acontecimientos podrían influir en el clima diplomático incluso sin una coordinación directa.

La versión argelina sobre el grupo de marroquíes detenidos merece un análisis más detenido. Acusar a decenas de ciudadanos marroquíes de planear actos de sabotaje, mientras las relaciones diplomáticas entre ambos países están rotas, no es un asunto de seguridad rutinario. Se trata de una acusación que podría tener importantes repercusiones políticas y mediáticas. Por lo tanto, simplemente mostrar pasaportes o anunciar una ruta de tránsito a través de Túnez es insuficiente. Específicamente, deben presentarse pruebas verificables sobre la naturaleza del complot, sus objetivos, financiación y responsabilidades individuales. Sin dichas pruebas publicadas, la acusación sigue siendo solo eso: una acusación, no un hecho jurídico definitivo.

Desde mi perspectiva política, este caso podría tener un propósito que va más allá de la investigación de seguridad. Argelia podría intentar explotarlo en el contexto diplomático que rodea las próximas discusiones de la ONU sobre el Sáhara, presentando a Marruecos como una parte que amenaza la estabilidad regional. Esta es una hipótesis que planteo explícitamente, y asumo toda la responsabilidad por ella como una valoración política, no como información de inteligencia confirmada. La verdadera prueba será si estas acusaciones pasan de los informes de seguridad a las declaraciones diplomáticas y memorandos dirigidos a socios internacionales.

El hecho de que la noticia haya llegado a la prensa española no es, por sí solo, suficiente para probar la coordinación entre los dos gobiernos.
Sin embargo, la forma en que se presentó la noticia, el momento, los titulares y la fuente de información son elementos que merecen ser comparados. Las batallas diplomáticas modernas no se libran únicamente en las embajadas y el Consejo de Seguridad; también se enfrentan en la prensa, en la forma en que se presentan las noticias y en la imagen que se cultiva en la opinión pública internacional.

Quien controla la narrativa puede influir en la decisión. Este es un principio fundamental en los conflictos geopolíticos contemporáneos. No porque los medios de comunicación por sí solos determinen el destino de las naciones, sino porque la narrativa define el marco dentro del cual se comprende un evento:
¿Es Marruecos un Estado que defiende su visión de integridad territorial, o un Estado retratado como expansionista?
¿Es Argelia un Estado que defiende el principio de autodeterminación, o una parte con un interés estratégico en la continuación del conflicto?
¿Es la visita del rey de España un mero acto soberano rutinario, o un mensaje político dirigido a Rabat?
Cada parte intenta imponer las palabras que los demás interpretarán.

Sin embargo, centrarse únicamente en Argelia puede ocultar el cambio más importante: la transformación en curso de la relación entre Marruecos y España. Durante décadas, Madrid trató con Marruecos desde una posición de clara superioridad económica e institucional europea. España es miembro de la Unión Europea y de la OTAN, y cuenta con una economía más grande y capacidades institucionales y militares significativas. Marruecos, por su parte, necesitaba los mercados, la inversión y la cooperación europeos. Este desequilibrio no ha desaparecido, pero ya no es tan simple como antes.

Marruecos ha desarrollado su infraestructura industrial y logística, ha construido importantes puertos, ha expandido su presencia económica en África y se ha convertido en un socio clave en materia de migración, seguridad, energía y cadenas de suministro. Esto significa que la relación se basa ahora en la interdependencia, aunque no del todo desigual. España necesita a Marruecos, y Marruecos necesita a España, pero cada parte intenta determinar el precio político y económico de esta necesidad mutua.

Y aquí vemos el significado más profundo de la transformación que se está desarrollando.

 

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